Un Tractor en
Común y el Caso del Perico Loco. IX. y último
El Extraño y Singular Caso del Perico
Loco y los Superhéroes Olvidados.
Debo aclarar, de entrada,
que el perico no está ni estuvo loco. Todo se trató de un
malentendido. Pero antes de seguir, les cuento las dificultades que se
han tenido para poder narrarles esta historia. La primera y, a mi juicio,
más importante es el respeto a la identidad secreta de los superhéroes.
Sé que les parecerá extraño que, tratándose de una historia de un perico, ahora
no loco, salga el tema de los superhéroes y sus identidades secretas.
Verá usted, aunque no lo
crea, los superhéroes sufrimos. Sí, en primera persona del plural.
Y es que, aunque no tengo super poderes ni soy estrella de Marvel, DC comics o
lo que sea, durante mis tiempos libres, soy el portero encargado del acceso al
poblado donde llegan a habitar temporalmente los superhéroes olvidados.
Sí, ustedes ya deben saber
que todos los superhéroes tienen un lugar secreto donde se refugian para poder
andar sin máscara, ni calzones encima de los pantalones bien trincados, ni las
falditas y esos trajes untados que suelen usar las superheroínas que de una vez
no se puede creer, y así pueden andar en modo “fodonga”. Está, por
ejemplo, la Fortaleza de la Soledad, donde Superman anda sin calzones y
comparte con su perro Krypto las croquetas. Está la Baticueva, donde
Batman, Robin, Alfred, Batichica y Gatúbela juegan Rayuela, o “Tú-la-traes”
(también conocido como “El Escondite Inglés”), y que es el juego que aparece en
el video próximo pasado, con la Verónica “tacleando” a su víctima. Claro,
está la casa de la tía May, donde el Hombre Araña se atasca de
mantecadas. Ironman tiene su mansión tecnificada (el sueño húmedo de Elon
Musk).
Están también los lugares
donde se reúnen los superhéroes para, según ellos, “salvar al mundo”, como el
Salón de la Justicia, y en realidad sólo se juntan para presumirse entre
ellos. La Liga de la Justicia es como un consejo de accionistas y ahí se
hacen cuentas de las ganancias de Marvel, DC y maleantes que les acompañan.
Usted estará de acuerdo
que la adquisición de super poderes de esas personas suele ser ridícula:
Superman no es más que un migrante, separado de sus padres por el malvado Lex
Luthor enfundado en uniforme de ICE. Y sí, al verlo con los calzones
entallados encima de sus pantalones ajustados, uno se pregunta si, en la
Fortaleza de la Soledad, hay un closet del que por fin habrá de salir el
originario de Krypton, aunque su debilidad sean las redes
sociales. ¿Batman e Ironman? Millonarios aburridos, cansados de
explotar trabajadores y pretendiendo combatir a los maleantes que ellos mismos
propiciaron. A Peter Parker lo picó una araña. ¿A quién no le ha
picado una araña? Y, sin embargo, usted no ve a nadie enamorando a una
pelirroja con el viejo truco de “hola, me picó una araña”. Hulk es sólo
un conductor, enfurecido y con problemas de hígado, y lo puede encontrar usted
en cualquier embotellamiento vehicular citadino. El Capitán América es
producto de experimentos, como el SIDA, el Ébola y el COVID 19, y salió
bastante maltratado de Vietnam y de Playa Girón.
Ellas y ellos – además de
usar atuendos ridículos y provocadores (esos calzones de colores, las falditas,
los trajes que parecen “body paint”, las estorbosas capas que son superadas por
cualquier paliacate bien anudado), y demás parafernalia -, suelen tener una
identidad secreta. Esto es, una identidad que les hace parecer
“normales”.
Pero no es de esos
superhéroes aburridos de los que trata esta historia, sino de otros, de los
olvidados. Estos superhéroes pasan desapercibidos la mayor parte del
tiempo porque se manifiestan sólo en ocasiones especiales. Usted sólo ve
personas comunes y corrientes: la cajera de un supermercado y el anciano que
embolsa los productos; el chofer de transporte colectivo; el barrendero
anónimo; la profesora de primaria; el maestro de la CNTE; la madre buscadora;
la migrante que debe cruzar la extendida frontera (cortesía de la 4T) que va
del Suchiate al Río Bravo; el niño que trama cambiarse el nombre, a pesar de la
oposición de sus padres, a “Goku”; la doctora hábil con el bisturí para
resolver problemas de próstata y matriz; la indígena zapatista que reza porque
al otro día llueva muy fiero y no tenga que ir a rozar espinas; loa
otroa que elige con cuidado las luces que le vestirán el día del
Orgullo. En fin, gente normal que realiza hazañas tan a menudo que ni
siquiera es consciente de ello.
Bueno, pues estas personas
a veces se hacen conscientes de sus poderes y ven la necesidad de tener una
identidad secreta. Saben que, si no lo hacen, llegan los periodistas y
camarógrafos a importunar, se hacen comics y trends topics, son
presas de los servicios de streaming, y de todas esas cosas que
simulan modernidad donde sólo hay frivolidad. Entonces resulta que esas
personas decidieron hacer un poblado en común, donde pueden ser lo que son sin
que nadie les moleste. Ahí trabajo yo, cuidando el portón.
Y, claro, también están
los lugares donde los supervillanos se reúnen. Y no es en Washington, Tel
Aviv, Moscú, el eje París-Roma-Londres o Pekín donde residen. No, los que
habitan ahí son sólo empleados de los verdaderos malos: los banqueros.
Bueno, pero eso es otro tema.
Yo les cuento esto para
que ubiquen a un niño con un superpoder poco común. Tengo que proteger su
identidad secreta por razones obvias, además de que hube de sacar permiso de
sus progenitores para contar lo que ahora les refiero. Como hay que poner
un nombre para que usted lo identifique en esta narración, le pondremos
“Ernesto”. Y no para homenajear a ese brillante otroa que
fue y es Oscar Wilde, sino porque, si le hubiera puesto de nombre “Marcos”,
sería demasiada vanidad. Entonces que quede “Ernesto”.
Bueno, de ahí que el
superpoder de Ernesto es algo increíble: ¡inventa juegos sin necesidad de la
Inteligencia Artificial! ¡Y sin ningún dispositivo electrónico! Con
ese asombro frente al mundo que sólo un infante puede gozar, juega con lo que
sea.
Yo lo conocí en uno de los
semilleros pasados. Fue en uno de los recesos, y mientras exponía al
equipo de página la hipótesis de que la final del mundial sería entre México y
Estados Unidos. Estaba yo explicando cómo, en la final, todo estaba
planeado para que fuera el equipo norteamericano el que sostuviera la copa
(mientras le pasaban una feria a Infantino y secuaces en turno). El Trump
había invitado a la Sheinbaum a la final. Nunca se sabrá si asistió o no
porque pasaba lo siguiente: la CIA y el ICE se presentaron en el vestidor del
equipo tricolor con el clásico “Ya se la saben”, y amenazaron a los
jugadores con retirarles la visa gringa y que Malu Campos sería la madrina del
equipo, si no perdían. Como era de esperar, eso preocupó al Vasco y
demás. ¿Surtieron efecto las amenazas del imperio de las barras y las turbias
estrellas? No lo sabremos. Lo que sí es que ya no se hizo pública
la carta donde jugadores y cuerpo técnico se solidarizaban con las madres
buscadoras.
Porque resulta que, en mi
hipótesis, toda la banda latina cercaba y daba portazo en el estadio “Nueva
York”, pasaba encima del ICE y la armada gringa, y arrojaba una lluvia de tacos
y tamales crudos a la cancha, justo cuando se iniciaba el partido. El
Trump fue derribado por una niña migrante y, al querer levantarse con el puño
levantado y gritar “¡Fight! ¡Fight!”, una cascada de salsa picante estilo Eje
Central (no sé si todavía se llama así) le cubrió el rostro y, al querer
limpiarle la cara, le despintaron el color naranja y quedó color salsa verde
con harrrto chile. Rápidamente la Air Force, como
pudo, rescató al magnate y lo trasladó a la Isla Epstein, con la esperanza de
que la nostalgia le mejorara el ánimo. El partido, sin embargo, no se
suspendió. Al contrario, como los jugadores habían huido para salvar sus
comerciales, se armó una cascarita con las madres buscadoras. La copa la
llenaron de pozol y circuló entre la muchedumbre. Aunque, hay que
decirlo, más de uno, una, unoa, no supo paladear el sabor
celestial del pozol agrio. Al final, todos, todas y todoas se
congregaron en el centro del campo y le dedicaron un sonoro “culeeeeeero”
a Gmail por bloquear los correos de registro.
Justo cuando llegaba yo al
final de mi brillante hipótesis y, haciendo caso omiso de las miradas
escépticas del Club de Tobi del equipo de página, – iniciando con la exposición
de mi “plan B”, donde la final era entre Japón y Corea del Sur (una batalla
épica entre el K-Pop y el Anime) -, detecté a un niño – yo calculo de unos 3 ó
4 años de edad- que correteaba junto a… ¡unas niñas del Comando
Palomitas! En ese preciso momento, el infante cayó en la grava.
Todos los machines quedamos expectantes, suponiendo que seguiría el chillido de
rigor y las lágrimas que cuestionarían la sagrada ley de “los hombres no
lloran”. Un silencio sepulcral se adueñó del mundo… ok, ok, de la
explanada del CIDECI. Pero no, el niño se levantó, se sacudió la ropa y
siguió corriendo sin dirección precisa.
Poco después lo vi
arrojando lo que yo suponía era un trapo. Lo aventaba hacia arriba, lo
más alto que su corta estatura le permitía. Una y otra vez lo
intentaba. El trapo se elevaba y caía de nuevo. Me acerqué con
precaución, intuyendo que algo serio y trascendental estaba ocurriendo.
Aventuré un “¿qué haces?”. El niño, sin dejar de aventar el trapo que no
era trapo, ahora lo sé, sino un muñeco con la imagen de un perico, sin dejar de
hacer lo que hacía, me dijo “es que no vola”. Quise
explicarle lo de la ley de gravedad y esas cosas absurdas, pero era claro que a
él eso no lo detendría. Le arrimé una silla y le sugerí: “prueba
subiéndote a la silla”. El niño lo hizo y lo intentó de nuevo, pero el
muñeco volvía a aterrizar aparatosamente en tierra. Le dije
entonces: “es que tienes que convencerlo de que puede volar”. El niño se
detuvo a tomar aire (eso de desafiar la ley de gravedad puede ser agotador,
créanme) y me preguntó: “¿cómo?”. Yo, en un arranque de sinceridad que a
mí mismo me sorprendió, le respondí: “Ni idea”. Entonces el SubMoy me
llamó para preparar uno de los temas para el semillero.
Días después me enteré de
lo que había ocurrido: en el lugar donde pernoctaba el condenado chamaco del
demonio… ah no, eso es de otro cuento. Bueno, donde dormía el niño con su
madre, habita también un perico. Pero no es un perico cualquiera, es
multilingüe. Habla idioma perruno, gatuno y una castilla aceptable.
El pequeño Ernesto pensó que era una buena idea preguntarle al perico cómo es
que se vola.
Pero he aquí que, quién lo
pensaría, los pericos tienen su propio servicio de inteligencia eficiente (y no
como el del gobierno mexicano que, declara con seriedad, hasta ahora se da
cuenta de que la FIFA está haciendo un negocio multimillonario), y se había
enterado de que un semejante era arrojado al suelo sin importar su condición.
Claro, se puso furioso y
atacó a la madre que ni sabía de qué iba la cosa. El niño Ernesto
declaró: “No temas Jefa, yo doy la cara por ti”. Y tal cual: una
tarascada del perico furioso le alcanzó en una mejilla al infante y le provocó no
pocas lesiones a la madre en los brazos. Se hizo un relajo.
Aparecieron abogados, fiscales y hasta un jurado formado por unos perritos
chihuahueños y varios gatitos.
Refugiado en el Poblado
Común de Superhéroes Olvidados (PCSO, por sus siglas en castilla), Ernesto me
contó lo ocurrido y me pidió dos cosas: una, la más importante, era que su
madre, y todos los implicados, olvidaran el incidente porque, si no era así,
ella y los demás sabrían que el pequeño era un superhéroe. Esto es, debía
recuperar su identidad secreta. La otra petición era que yo lo
representara en el juicio donde se decidiría quién era culpable.
Reuní toda la información
posible, incluyendo los videos que ustedes podrán apreciar al final de este
escrito. Supe también que el fiscal era un escarabajo con ínfulas de
senador de shopping en USA -antes de que le cancelen la visa y JC Penney pierda
a uno de sus clientes más fieles-. Sí, al igual que ustedes, sospeché que
no era otro sino Durito. La situación lucía complicada, así que le sugerí
al pequeño Ernesto que tratáramos de llegar a un acuerdo extrajudicial.
El niño dudó, pero se opuso. La verdad y la justicia (eso que esperan las
Madres Buscadoras y los Ausentes de Ayotzinapa), debían prevalecer. Así
que me presenté al juicio mientras el condenado escarabajo del demonio me
miraba y sonreía burlón.
Durito presentó fotos y
videos del niño arrojando el muñeco al aire y, con malicia, en cámara lenta el
momento en que caía en el suelo. Hubo exclamaciones de indignación.
Tenía un caso complicado y todas las apuestas nos eran desfavorables -en Las
Vegas iban 77 a 1 a que perdíamos-.
Empecé mi exposición
citando al finado SupMarcos, que diosito lo tenga en su santa gloria y la
virgen santísima lo colme de bendiciones. El difunto explicaba que el
cielo y el infierno sí existían, pero no como los presentaban las distintas religiones.
El Sup señalaba que estaban ambos, cielo e infierno, en un mismo lugar y que no
había ángeles ni cortes celestiales ni San Pedros y demás, sino una multitud de
animalitos de todos los tamaños. Que la persona presuntamente condenada o
salvada comparecía ante ellos y que ellos le decían: “Así como nos trataste en
vida, así serás tratado aquí”. O sea que, si maltratabas a los animales,
los pateabas, los matabas, los vestías con trajes ridículos en navidad,
Halloween y fiestas patrias, o los obligabas a hacer toda clase de suertes y
participar en competencias, entonces eso te pasaba. Así que debías pensar
cómo sería que te agarraran a patadas, o que te arrastraran, o que te vistieran
con un disfraz de calabaza, de chucky, o de Trump, o de Salinas Pliego… por
toda la eternidad.
Expuse que el pequeño
Ernesto no sólo no había lastimado a animal vivo alguno, también que su
interés, como superhéroe que es, era liberar al perico de trapo de la
esclavitud de la injusta ley de gravedad, y que no quería causarle daño sino
ayudarlo a que “vola”.
Y por eso es por lo
que acudió, con el más puro interés científico, al perico vivo. Aunque el
perico pensó, dados los antecedentes, que sería arrojado una y otra vez hacia
arriba para caer al suelo estropeando su magnífico plumaje.
El perico pidió la palabra
y se dirigió al jurado formado, ya lo dije, por perritos y gatitos.
Contra lo que se pudiera pensar, el perico no habló en contra de nuestro
superhéroe. Al contrario, explicó cómo sufría cada vez que le recortaban
las plumas. Que volar es la aspiración de todo perico que se respete, por
muy multilingüe o de trapo que sea. Que comprendía a Ernesto y que no
había más culpable que el pinche sistema capitalista. Y se siguió con una
explicación que ya quisieran poder dar los cabezas grandes que dicen que
estudian… pero no aprenden.
El jurado deliberó.
Yo deseché las solicitudes de arresto domiciliario o, al menos, una orden de
restricción. Durito hizo caras de gorsodomo pues se
sabía perdido. Y. al fin, se dictó sentencia: perritos y gatitos, además
de otro perico que pasaba por ahí, decidieron que no había delito que
sancionar, que todo había sido un malentendido y que, en todo caso, había que
juzgar y sentenciar al sistema que permite el maltrato animal.
El Perico y el Ernesto se
abrazaron y pude notar que el ave le explicaba algo al oído al pequeño.
Claro, sin morderlo. Ernesto asentía a lo que le decían y su cara se iba
iluminando. ¿Le reveló el perico el secreto para que el muñeco pudiera
volar? Eso sólo lo sabe el niño. Y debe ser algo genial, porque
ahora intenta hacer que una piedra “vola”.
La moraleja de esta
historia es clara: es mejor checar si el tamale está crudo o
no, antes de zampártelo. El sistema de drenaje y la letrina se los
agradecerán. Y, claro, explorar la posibilidad de migrar a yahoo… o a
Hotmail. Oh, oh, ¿ya no existe Hotmail? Mh, eso explica que ya
nadie chatee conmigo. Suspiro.
Por lo demás, ya lo dijo
el SubMoy, se hacen las cosas con lo que hay y con la cabeza. De nada,
Vasco (si quieres una sugerencia de alineación para la final, eso se cobra
aparte). Si te quitan los comerciales de colchones, siempre quedan las
“Hamacas La Migaja” (próximamente cotizarán en la bolsa de valores -tiembla
Musk-).
Tan-tan.
(ya no continuará)
El Capitán.
México, junio del 2026.
P.D.- Bueno, sigue la parte de
convocatorias al encuentro de Resistencias y Rebeldías, y al encuentro de
Artes. Ambos en agosto del 2026.
semillerojulio2026@proton.me
encuentroryragosto26@gmail.com
encuentroartes2026@gmail.com


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