miércoles, 17 de junio de 2026

Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco. IX. y último- El Extraño y Singular Caso del Perico Loco y los Superhéroes Olvidados

Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco. IX. y último

El Extraño y Singular Caso del Perico Loco y los Superhéroes Olvidados.

  Debo aclarar, de entrada, que el perico no está ni estuvo loco.  Todo se trató de un malentendido.  Pero antes de seguir, les cuento las dificultades que se han tenido para poder narrarles esta historia.  La primera y, a mi juicio, más importante es el respeto a la identidad secreta de los superhéroes.  Sé que les parecerá extraño que, tratándose de una historia de un perico, ahora no loco, salga el tema de los superhéroes y sus identidades secretas.

  Verá usted, aunque no lo crea, los superhéroes sufrimos.  Sí, en primera persona del plural.  Y es que, aunque no tengo super poderes ni soy estrella de Marvel, DC comics o lo que sea, durante mis tiempos libres, soy el portero encargado del acceso al poblado donde llegan a habitar temporalmente los superhéroes olvidados.

  Sí, ustedes ya deben saber que todos los superhéroes tienen un lugar secreto donde se refugian para poder andar sin máscara, ni calzones encima de los pantalones bien trincados, ni las falditas y esos trajes untados que suelen usar las superheroínas que de una vez no se puede creer, y así pueden andar en modo “fodonga”.  Está, por ejemplo, la Fortaleza de la Soledad, donde Superman anda sin calzones y comparte con su perro Krypto las croquetas.  Está la Baticueva, donde Batman, Robin, Alfred, Batichica y Gatúbela juegan Rayuela, o “Tú-la-traes” (también conocido como “El Escondite Inglés”), y que es el juego que aparece en el video próximo pasado, con la Verónica “tacleando” a su víctima.  Claro, está la casa de la tía May, donde el Hombre Araña se atasca de mantecadas.  Ironman tiene su mansión tecnificada (el sueño húmedo de Elon Musk).

  Están también los lugares donde se reúnen los superhéroes para, según ellos, “salvar al mundo”, como el Salón de la Justicia, y en realidad sólo se juntan para presumirse entre ellos.  La Liga de la Justicia es como un consejo de accionistas y ahí se hacen cuentas de las ganancias de Marvel, DC y maleantes que les acompañan.

  Usted estará de acuerdo que la adquisición de super poderes de esas personas suele ser ridícula: Superman no es más que un migrante, separado de sus padres por el malvado Lex Luthor enfundado en uniforme de ICE.  Y sí, al verlo con los calzones entallados encima de sus pantalones ajustados, uno se pregunta si, en la Fortaleza de la Soledad, hay un closet del que por fin habrá de salir el originario de Krypton, aunque su debilidad sean las redes sociales.  ¿Batman e Ironman?  Millonarios aburridos, cansados de explotar trabajadores y pretendiendo combatir a los maleantes que ellos mismos propiciaron.  A Peter Parker lo picó una araña.  ¿A quién no le ha picado una araña?  Y, sin embargo, usted no ve a nadie enamorando a una pelirroja con el viejo truco de “hola, me picó una araña”.  Hulk es sólo un conductor, enfurecido y con problemas de hígado, y lo puede encontrar usted en cualquier embotellamiento vehicular citadino.  El Capitán América es producto de experimentos, como el SIDA, el Ébola y el COVID 19, y salió bastante maltratado de Vietnam y de Playa Girón.

  Ellas y ellos – además de usar atuendos ridículos y provocadores (esos calzones de colores, las falditas, los trajes que parecen “body paint”, las estorbosas capas que son superadas por cualquier paliacate bien anudado), y demás parafernalia -, suelen tener una identidad secreta.  Esto es, una identidad que les hace parecer “normales”.

  Pero no es de esos superhéroes aburridos de los que trata esta historia, sino de otros, de los olvidados.  Estos superhéroes pasan desapercibidos la mayor parte del tiempo porque se manifiestan sólo en ocasiones especiales.  Usted sólo ve personas comunes y corrientes: la cajera de un supermercado y el anciano que embolsa los productos; el chofer de transporte colectivo; el barrendero anónimo; la profesora de primaria; el maestro de la CNTE; la madre buscadora; la migrante que debe cruzar la extendida frontera (cortesía de la 4T) que va del Suchiate al Río Bravo; el niño que trama cambiarse el nombre, a pesar de la oposición de sus padres, a “Goku”; la doctora hábil con el bisturí para resolver problemas de próstata y matriz; la indígena zapatista que reza porque al otro día llueva muy fiero y no tenga que ir a rozar espinas; loa otroa que elige con cuidado las luces que le vestirán el día del Orgullo.  En fin, gente normal que realiza hazañas tan a menudo que ni siquiera es consciente de ello.

  Bueno, pues estas personas a veces se hacen conscientes de sus poderes y ven la necesidad de tener una identidad secreta.  Saben que, si no lo hacen, llegan los periodistas y camarógrafos a importunar, se hacen comics y trends topics, son presas de los servicios de streaming, y de todas esas cosas que simulan modernidad donde sólo hay frivolidad.  Entonces resulta que esas personas decidieron hacer un poblado en común, donde pueden ser lo que son sin que nadie les moleste.  Ahí trabajo yo, cuidando el portón.

  Y, claro, también están los lugares donde los supervillanos se reúnen.  Y no es en Washington, Tel Aviv, Moscú, el eje París-Roma-Londres o Pekín donde residen.  No, los que habitan ahí son sólo empleados de los verdaderos malos: los banqueros.  Bueno, pero eso es otro tema.

  Yo les cuento esto para que ubiquen a un niño con un superpoder poco común.  Tengo que proteger su identidad secreta por razones obvias, además de que hube de sacar permiso de sus progenitores para contar lo que ahora les refiero.  Como hay que poner un nombre para que usted lo identifique en esta narración, le pondremos “Ernesto”.  Y no para homenajear a ese brillante otroa que fue y es Oscar Wilde, sino porque, si le hubiera puesto de nombre “Marcos”, sería demasiada vanidad.  Entonces que quede “Ernesto”.

  Bueno, de ahí que el superpoder de Ernesto es algo increíble: ¡inventa juegos sin necesidad de la Inteligencia Artificial!  ¡Y sin ningún dispositivo electrónico!  Con ese asombro frente al mundo que sólo un infante puede gozar, juega con lo que sea.

  Yo lo conocí en uno de los semilleros pasados.  Fue en uno de los recesos, y mientras exponía al equipo de página la hipótesis de que la final del mundial sería entre México y Estados Unidos.  Estaba yo explicando cómo, en la final, todo estaba planeado para que fuera el equipo norteamericano el que sostuviera la copa (mientras le pasaban una feria a Infantino y secuaces en turno).  El Trump había invitado a la Sheinbaum a la final.  Nunca se sabrá si asistió o no porque pasaba lo siguiente: la CIA y el ICE se presentaron en el vestidor del equipo tricolor con el clásico “Ya se la saben”, y amenazaron a los jugadores con retirarles la visa gringa y que Malu Campos sería la madrina del equipo, si no perdían.  Como era de esperar, eso preocupó al Vasco y demás.  ¿Surtieron efecto las amenazas del imperio de las barras y las turbias estrellas?  No lo sabremos.  Lo que sí es que ya no se hizo pública la carta donde jugadores y cuerpo técnico se solidarizaban con las madres buscadoras.

  Porque resulta que, en mi hipótesis, toda la banda latina cercaba y daba portazo en el estadio “Nueva York”, pasaba encima del ICE y la armada gringa, y arrojaba una lluvia de tacos y tamales crudos a la cancha, justo cuando se iniciaba el partido.  El Trump fue derribado por una niña migrante y, al querer levantarse con el puño levantado y gritar “¡Fight! ¡Fight!”, una cascada de salsa picante estilo Eje Central (no sé si todavía se llama así) le cubrió el rostro y, al querer limpiarle la cara, le despintaron el color naranja y quedó color salsa verde con harrrto chile.  Rápidamente la Air Force, como pudo, rescató al magnate y lo trasladó a la Isla Epstein, con la esperanza de que la nostalgia le mejorara el ánimo.  El partido, sin embargo, no se suspendió.  Al contrario, como los jugadores habían huido para salvar sus comerciales, se armó una cascarita con las madres buscadoras.  La copa la llenaron de pozol y circuló entre la muchedumbre.  Aunque, hay que decirlo, más de uno, una, unoa, no supo paladear el sabor celestial del pozol agrio.  Al final, todos, todas y todoas se congregaron en el centro del campo y le dedicaron un sonoro “culeeeeeero” a Gmail por bloquear los correos de registro.

  Justo cuando llegaba yo al final de mi brillante hipótesis y, haciendo caso omiso de las miradas escépticas del Club de Tobi del equipo de página, – iniciando con la exposición de mi “plan B”, donde la final era entre Japón y Corea del Sur (una batalla épica entre el K-Pop y el Anime) -, detecté a un niño – yo calculo de unos 3 ó 4 años de edad- que correteaba junto a… ¡unas niñas del Comando Palomitas!  En ese preciso momento, el infante cayó en la grava.  Todos los machines quedamos expectantes, suponiendo que seguiría el chillido de rigor y las lágrimas que cuestionarían la sagrada ley de “los hombres no lloran”.  Un silencio sepulcral se adueñó del mundo…  ok, ok, de la explanada del CIDECI.  Pero no, el niño se levantó, se sacudió la ropa y siguió corriendo sin dirección precisa.

  Poco después lo vi arrojando lo que yo suponía era un trapo.  Lo aventaba hacia arriba, lo más alto que su corta estatura le permitía.  Una y otra vez lo intentaba.  El trapo se elevaba y caía de nuevo.  Me acerqué con precaución, intuyendo que algo serio y trascendental estaba ocurriendo.  Aventuré un “¿qué haces?”.  El niño, sin dejar de aventar el trapo que no era trapo, ahora lo sé, sino un muñeco con la imagen de un perico, sin dejar de hacer lo que hacía, me dijo “es que no vola”.  Quise explicarle lo de la ley de gravedad y esas cosas absurdas, pero era claro que a él eso no lo detendría.  Le arrimé una silla y le sugerí: “prueba subiéndote a la silla”.  El niño lo hizo y lo intentó de nuevo, pero el muñeco volvía a aterrizar aparatosamente en tierra.   Le dije entonces: “es que tienes que convencerlo de que puede volar”.  El niño se detuvo a tomar aire (eso de desafiar la ley de gravedad puede ser agotador, créanme) y me preguntó: “¿cómo?”.  Yo, en un arranque de sinceridad que a mí mismo me sorprendió, le respondí: “Ni idea”.  Entonces el SubMoy me llamó para preparar uno de los temas para el semillero.

  Días después me enteré de lo que había ocurrido: en el lugar donde pernoctaba el condenado chamaco del demonio… ah no, eso es de otro cuento.  Bueno, donde dormía el niño con su madre, habita también un perico.  Pero no es un perico cualquiera, es multilingüe.  Habla idioma perruno, gatuno y una castilla aceptable.  El pequeño Ernesto pensó que era una buena idea preguntarle al perico cómo es que se vola.

 Pero he aquí que, quién lo pensaría, los pericos tienen su propio servicio de inteligencia eficiente (y no como el del gobierno mexicano que, declara con seriedad, hasta ahora se da cuenta de que la FIFA está haciendo un negocio multimillonario), y se había enterado de que un semejante era arrojado al suelo sin importar su condición.

  Claro, se puso furioso y atacó a la madre que ni sabía de qué iba la cosa.  El niño Ernesto declaró: “No temas Jefa, yo doy la cara por ti”.  Y tal cual: una tarascada del perico furioso le alcanzó en una mejilla al infante y le provocó no pocas lesiones a la madre en los brazos.  Se hizo un relajo.  Aparecieron abogados, fiscales y hasta un jurado formado por unos perritos chihuahueños y varios gatitos.

  Refugiado en el Poblado Común de Superhéroes Olvidados (PCSO, por sus siglas en castilla), Ernesto me contó lo ocurrido y me pidió dos cosas: una, la más importante, era que su madre, y todos los implicados, olvidaran el incidente porque, si no era así, ella y los demás sabrían que el pequeño era un superhéroe.  Esto es, debía recuperar su identidad secreta.  La otra petición era que yo lo representara en el juicio donde se decidiría quién era culpable.

  Reuní toda la información posible, incluyendo los videos que ustedes podrán apreciar al final de este escrito.  Supe también que el fiscal era un escarabajo con ínfulas de senador de shopping en USA -antes de que le cancelen la visa y JC Penney pierda a uno de sus clientes más fieles-.  Sí, al igual que ustedes, sospeché que no era otro sino Durito.  La situación lucía complicada, así que le sugerí al pequeño Ernesto que tratáramos de llegar a un acuerdo extrajudicial.  El niño dudó, pero se opuso.  La verdad y la justicia (eso que esperan las Madres Buscadoras y los Ausentes de Ayotzinapa), debían prevalecer.  Así que me presenté al juicio mientras el condenado escarabajo del demonio me miraba y sonreía burlón.

  Durito presentó fotos y videos del niño arrojando el muñeco al aire y, con malicia, en cámara lenta el momento en que caía en el suelo.  Hubo exclamaciones de indignación.  Tenía un caso complicado y todas las apuestas nos eran desfavorables -en Las Vegas iban 77 a 1 a que perdíamos-.

  Empecé mi exposición citando al finado SupMarcos, que diosito lo tenga en su santa gloria y la virgen santísima lo colme de bendiciones.  El difunto explicaba que el cielo y el infierno sí existían, pero no como los presentaban las distintas religiones.  El Sup señalaba que estaban ambos, cielo e infierno, en un mismo lugar y que no había ángeles ni cortes celestiales ni San Pedros y demás, sino una multitud de animalitos de todos los tamaños.  Que la persona presuntamente condenada o salvada comparecía ante ellos y que ellos le decían: “Así como nos trataste en vida, así serás tratado aquí”.  O sea que, si maltratabas a los animales, los pateabas, los matabas, los vestías con trajes ridículos en navidad, Halloween y fiestas patrias, o los obligabas a hacer toda clase de suertes y participar en competencias, entonces eso te pasaba.  Así que debías pensar cómo sería que te agarraran a patadas, o que te arrastraran, o que te vistieran con un disfraz de calabaza, de chucky, o de Trump, o de Salinas Pliego… por toda la eternidad.

  Expuse que el pequeño Ernesto no sólo no había lastimado a animal vivo alguno, también que su interés, como superhéroe que es, era liberar al perico de trapo de la esclavitud de la injusta ley de gravedad, y que no quería causarle daño sino ayudarlo a que “vola”.

  Y por eso es por lo que acudió, con el más puro interés científico, al perico vivo.  Aunque el perico pensó, dados los antecedentes, que sería arrojado una y otra vez hacia arriba para caer al suelo estropeando su magnífico plumaje.

  El perico pidió la palabra y se dirigió al jurado formado, ya lo dije, por perritos y gatitos.  Contra lo que se pudiera pensar, el perico no habló en contra de nuestro superhéroe.  Al contrario, explicó cómo sufría cada vez que le recortaban las plumas.  Que volar es la aspiración de todo perico que se respete, por muy multilingüe o de trapo que sea.  Que comprendía a Ernesto y que no había más culpable que el pinche sistema capitalista.  Y se siguió con una explicación que ya quisieran poder dar los cabezas grandes que dicen que estudian… pero no aprenden.

  El jurado deliberó.  Yo deseché las solicitudes de arresto domiciliario o, al menos, una orden de restricción.  Durito hizo caras de gorsodomo pues se sabía perdido.  Y. al fin, se dictó sentencia: perritos y gatitos, además de otro perico que pasaba por ahí, decidieron que no había delito que sancionar, que todo había sido un malentendido y que, en todo caso, había que juzgar y sentenciar al sistema que permite el maltrato animal.

  El Perico y el Ernesto se abrazaron y pude notar que el ave le explicaba algo al oído al pequeño.  Claro, sin morderlo.  Ernesto asentía a lo que le decían y su cara se iba iluminando.  ¿Le reveló el perico el secreto para que el muñeco pudiera volar?  Eso sólo lo sabe el niño.  Y debe ser algo genial, porque ahora intenta hacer que una piedra “vola”.

  La moraleja de esta historia es clara: es mejor checar si el tamale está crudo o no, antes de zampártelo.  El sistema de drenaje y la letrina se los agradecerán.  Y, claro, explorar la posibilidad de migrar a yahoo… o a Hotmail.  Oh, oh, ¿ya no existe Hotmail?  Mh, eso explica que ya nadie chatee conmigo.  Suspiro.

  Por lo demás, ya lo dijo el SubMoy, se hacen las cosas con lo que hay y con la cabeza.  De nada, Vasco (si quieres una sugerencia de alineación para la final, eso se cobra aparte).  Si te quitan los comerciales de colchones, siempre quedan las “Hamacas La Migaja” (próximamente cotizarán en la bolsa de valores -tiembla Musk-).

Tan-tan.
(ya no continuará)




 





El Capitán.
México, junio del 2026.

P.D.- Bueno, sigue la parte de convocatorias al encuentro de Resistencias y Rebeldías, y al encuentro de Artes.  Ambos en agosto del 2026.

semillerojulio2026@proton.me
encuentroryragosto26@gmail.com
encuentroartes2026@gmail.com

 

Imágenes: Terci@s Compas Zapatistas Música: «La cotorra viajera» de Cri-Cri; Voces de las resistencias y rebeldías en el mundo

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