Un Tractor en Común y el Caso del Perico
Loco
V.-
MUCHOS MODOS, VARIAS GENERACIONES Y UN TRABAJADERO.
(Donde se reflexiona sobre el ejemplo y eso de Pasado, Presente y Futuro)
“Éstos son mis tractores”, dice el Chompiras original, padre o abuelo,
no recuerdo, del Chompiras que ya conocemos de otras historias. También
le dicen “Chompirón” o “Chompas”, para diferenciarlo de su hijo o nieto.
En aras del ahorro de ancho de banda, aquí le diremos “Chompas”.
Chompas es cholero, tzeltalero, tsotsilero, zoque y tojolabalero (y castellano
a la fuerza -“tienes que aprender la lengua del enemigo para poder mentarle
la madre y que te entienda”-, explica así el por qué aprendió la
castilla). De sangre de raíz maya, a fuerza de andar los caminos,
aprendió y puede entender y hablar todas esas lenguas.
“Mis tractores”, al decirlo, Chompas ha levantado sus brazos y manos
primero, y luego, alternadamente, una y otra pierna.
El Chompas es Comité y bien puede llamarse de otra forma, según su humor.
Cierta vez que se encontró con el Capitán y se saludaron, éste le dijo: “¿Pero
no te llamabas Ruperto?”. El compañero lo miró sonriendo y le dijo: “Tú
te mueres cada tanto, así que yo me cambio igual de nombre. Cada quien su
modo”. Rieron los dos.
Bueno, resulta que Chompas -o como se llame ahora-, llegó al Puy para una
jornada de trabajo Común. Había visto ya el video del tractor que se
publicó en la página de Enlace Zapatista, y se fue directo a donde estaba el
Monarca revisando las llantas del vehículo. Chompas lo miró el tractor,
estacionado debajo del cobertizo, lo revisó por todos lados y, después de
varios “mh”, preguntó “¿entonces sin gasolina no jala?”. “Diesel,
usa diésel”, le aclara el Monarca, metido ya bajo el chasis. Y le
completa, “y aceite, y refrigerante, y hay que darle mantenimiento cada
tanto, y revisarlo antes y después de cada que se usa”.
“Uh”, protesta el compa, “ni a mi novia le pongo tanta atención”.
El Chompas debe andar por los 70 años y su compañera igual. Tienen ya
nietos y, creo, bisnietos, pero se siguen llamando “novios” entre sí.
Ella suele decir “mi novio”, y él sonríe al decirle “mi novia”. Y sí, si
los mira juntos, riendo, bromeando y tomados de la mano, puede usted afirmar:
“parecen novios”.
Pero el compa está ahora en el trabajadero de “los comités”. Ahí se
escuchan risas, maldiciones y burlas en 5 lenguas distintas, 6 con la
castilla. El trabajadero no sólo convoca lenguas diferentes, también, y
sobre todo, modos distintos.
La
actitud ante la tierra, por ejemplo, varía: quienes vienen de zonas donde se
trabaja por hectárea, no hacen caso de las ramitas; pero quienes vienen de
zonas donde hay poco espacio (“tarea”, le dicen, y suelen medir unos 25 m²),
juntan “chibirico” (así le decíamos en la época de la guerrilla) -“Wuacht”
en tzeltal, “Vach´il” en tzotzil, “Yajlem Kab tié” en cho´ol, “Wach”
en tojolabal-, un buen tanto, y logran acomodar alteros de “leña”. Pilas
de “trincheras”, así les llaman, de varitas de las ramas de monte bajo.
Ese “modo” de quienes son de Los Altos de Chiapas, llama la atención y la
curiosidad de quienes son de la selva. Lo que para unos es basura que hay
que limpiar para poder fincar (limpiar un sitio para hacer la champa), para
otros es algo valioso que dará calor en las heladas y servirá para cocer el
maíz, las tortillas, el café, y entibiar las pláticas antes de ir a descansar…
o a hacer cositas.
Por otro lado, a la hora de tapiscar (cosechar) el maíz, los de algunas zonas
cargan un su costal y van arrojando ahí las mazorcas. Esto porque son
terrenos pequeños, de pocos metros cuadrados. Pero en otras zonas, como
aquí, se va cortando el maíz y se avienta formando grupos de pequeños
montecitos. Eso desconcierta a los de bolsa porque sienten que no
avanzan. Porque no es lo mismo trabajar el maíz en “tareas”, que en
hectáreas. Y aquí estamos en tierra recuperada. Donde antes los
finqueros criaban ganado para la mesa de los poderosos, ahora se siembra maíz
para los pequeños… en Común.
Pero ahora en el cobertizo sigue la discusión. El Monarca defiende los
vehículos automotores. Sirven para llevar y traer gente y
mercancías. Hay reuniones de varios pueblos, regiones y zonas que se
trasladan en esos vehículos. Hay tiendas cooperativas que se
surten. Y, en emergencias médicas, la ambulancia del Común suena su
sirena para que todos sepan que lleva enferma o herido, sin importar si es
zapatista o hermano partidista.
El Monarca es “choferólogo”, así que tiene ese “espíritu de cuerpo” y
ese “amor a la camiseta” que no tienen los “seleccionados” del balompié de los
distintos países. Fue maestro instructor de las choferólogas y,
al darles clase política a la hora del pozol, disfrutaba poniéndolas en
aprietos. “A ver, ¿qué vas a hacer si ya no queda nadie de zapatista?,
ya a todos los mató el enemigo, sólo quedas tú. ¿Te vas a rendir?”.
“No”, dice la compañera, “voy a seguir peleando”. Él: “pero
ya no tienes arma”. Ella: “peleo con machete”. Él: “no
tienes machete”. Ella: “entonces con palo y piedras”.
Él: “no hay palo ni piedras, estás en el desierto”. Ella: “a
mordidas y con las uñas”. Él: “no tienes dientes y tienes las
manos rotas”. Ella queda pensando y, después de unos segundos,
replica: “agarro la móvil y atropello al enemigo. Porque si no, de
balde que estoy aprendiendo de choferóloga”. El Monarca valoró la
respuesta y dijo: “muy bien, ahora vamos a ver cómo se cambian las bujías”.
Por su parte el Chompas ya tiene muchos kilómetros recorridos y no habla por
hablar. De los fundadores del zapatismo, ha pasado por todas las
etapas. Desde la clandestinidad y el alzamiento hasta la autonomía y el
Común, un camino que no ha estado exento de caídas… y levantadas. Así que
el Chompas recuerda bien cuando, en la clandestinidad, debía caminar toda la
noche (8 horas de jornada) para llevar la plática a otros compas. “El
Mal”, explicaba, “puede tener todos los colores y todas las lenguas, a
veces tiene nuestro mismo color y habla nuestra lengua, pero su palabra lleva
al mal y al malo, al que explota, golpea, viola, encarcela, se burla y nos
mata. Y nos engaña, nos hace creer que nuestra resistencia y nuestra
rebeldía son una guerra perdida”. La noche refresca
primero y, ya de madrugada, levanta el frío como sombra hiriente. No hay
fuego ni luz alguna, sólo algunas luciérnagas y el titilar nervioso del focador (lámpara
de mano) de un compa que se exalta con cada palabra del Chompas joven. “Un
día”, susurra el Chompa, “nuestra palabra llegará lejos, atravesará
mares, subirá montañas y correrá por los ríos y valles. Por eso ahora es
pequeña nuestra palabra, como que no cuenta, como que poco vale. Y tenemos que
cuidar esa palabra. Nuestra lucha es como la milpa. Cuesta trabajo
hacer, pero un día hay la tortilla, y en la fiesta hay tamales. ¿Por
qué? Pues porque se cuidó y se trabajó. Así como la tierra, hay que
cuidar y trabajar la lucha.” El silencio estridente de la montaña
asiente.
En los informes de seguridad, las sombras convocadas por la palabra del Chompas
dan detalles de movimientos detectados. Uno dice que lo miró a un grupo
de gente, caminando de noche. Un mestizo entre ellos. “Se veía
que el ciudadano ya iba a morir ya, de una vez, de cansado que se miraba.
Le pregunté a dónde va. Con trabajos puede respirar, pero me dijo que no
sabe. Le dije “creo vas a morir de una vez”. “Ah”, dijo, “entonces
voy al infierno”. Muy otro ese hermano”. Chompas sabe quién es
el ciudadano, pero nada dice. Siguen los informes. Terminan y se
retiran. El woyo, con sus ojos saltones y su canto
empecinado, les despide.
Meses después, de visita en un campamento guerrillero en la selva Lacandona,
Chompas lo mira al ciudadano, pero ahora con uniforme y el arma terciada a la
espalda, sentado en torno a la fogata. No cruzan saludo alguno. El
compa le dice: “entonces te moriste, pero aquí estás”. El
ciudadano le responde “sí, es mi modo que cada tanto me da por morirme para
confundir al enemigo”. El Chompas sonríe y decide entonces cambiarse
de nombre cada tanto “para destantear al enemigo”, aunque los únicos
confundidos son los demás compas.
-*-
En el cobertizo sigue el intercambio de argumentos. El Chompas: “Si no
hay todo eso que dices, ¿qué vas a hacer? Olvídate de la tormenta y el
día después, ahorita mismo: si no tienes paga para la gasolina o eso que dices,
si no hay la refacción, si se descompone, si no hay aceite, o si el pinche
tractor nomás no y no te dice por qué ya no, como las mulas. Sin
agraviar, compa”.
“Mis tractores usan sólo pozol, y si me descompongo, en la
clínica me dan medicina y anda vete. La tierra te da lo que le das.
Si la respetas y la tratas bien, te da tu alimento. Si la tratas mal,
pues ahí lo veas, porque vas a tener que comprar el maíz y todo para que te
toque crudo el tamale. Y si no puedo trabajar, pues rápido
digo y lo informo, no como las mulas. Sin agraviar, compa”.
“Pero la medicina la trajo un vehículo”, se defiende el Monarca.
“No, porque es planta medicinal. Mi novia sabe de eso porque le enseñó
su abuela, y a su abuela le enseñó su abuela, y ahí ve haciendo la cuenta,
porque es de siglos. Y mi novia le está enseñando a la nieta, y así por
siempre jamás.”
Siguen y ya casi es la hora de la comida. Llega el SubMoy, escucha un
rato en silencio, e interviene: “Las cosas se hacen con lo que hay, pero
siempre con la cabeza, pensando nuevas ideas. Si hay tractor, con
tractor. Si no hay, pues ni modos, sin tractor. Y si no tenemos ya
cabeza pues…” el SubMoy duda y luego remata: “pues ahí lo vamos a
pensar qué hacemos si no tenemos cabeza”.
En la comida, mientras lavan los platos, el Chompas: “Lo que pasa es que el
Capitán tiene mala suerte con los tamales. Con mi novia hacemos unos
tamales que, te comes uno y la panza te dura una semana. Por eso el tamale se
hace sólo en las fiestas, porque si haces diario, olvídate que te vas a poder
mover, quedas como con panza de 7 meses”. Su novia le da un zape de
cariño y completa: “Yo creo que el tamale crudo es una
muestra de desamor, es como decir “hasta aquí nomás y ojalá te dé diarrea,
desgraciado”. Así le recomendé a una mi hija, que ahora es mamá soltera:
“No necesitas discursos para despachar a ese ingrato, dale su tamale crudo
y vas a ver que no vuelve ni aunque lo traigan amarrado”.
“Pero
yo creo que lo del Capitán no es por desamor, sino es por nerviosidá.
Porque a las compañeras que les tocaba hacer el tamale, la
coordinadora les dijo: “tienen que quedar bien, porque si salen mal, el
capitán las va a poner en un cuento y van a poner su foto y video en la página
de zapatista y todo el mundo va a saber que hacen mal los tamales”.
Imagínate la presión. Di tú que antes no los quemaron.”
Se va el Chompas a decirle al SubMoy que, si no pone horario, no se va a
completar el trabajadero. “Si no hay horario pues lo pone su horario
el haragán, que se hace pato, o pata, según, y ahí queda nomás, mirando el
cielo y los pájaros. El otro día, lo encontré a mi compadre así, tirado
de una vez, mirando a las nubes. Pensé que está privado y rápido corrí, y
no, está así nomás botado, como viejito bolo en la seca. Le pregunté que
qué hace y me dice: “aquí nomás, mirando esos pajaritos volar”. Me
embravecí y le dije “qué pajaritos ni qué nada, son zopilotes que se lo van a
almorzar, compadre”. Se levantó rápido y se fue corriendo a la
reunión. Al llegar dijo que como no hay horario, no sabía a qué
hora. Lo quedé mirando al SubMoy con cara de “te lo dije”. Pero ya
hay horario y ya quedé tranquilo. Como quiera bien que los critiqué a
todos porque, de plano, de una vez no se puede creer”.
-*-
El Subcomandante Insurgente Moisés resume la plática de ese día: “Para
entender el Común hay que practicarlo. Nuestro trabajadero es también
nuestro luchadero. Cada quien, según su modo, su calendario y su
geografía, es en su práctica diaria donde lo conoce al Mal y conoce sus
mañas. Entonces llega el día en que entiende… y, en lugar de resignarse,
de rendirse, pues se organiza”.
La Verónica está a su lado y le pide que le explique eso de pasado, presente y
futuro. “Es como la lucha”, dice el SubMoy, “en el pasado tus
papás lucharon para derrotar al Mal, en el presente, tú estás en la escuela
autónoma -es hoy, por ejemplo-, y te enseñan a leer y escribir porque tal vez
un día lo vas a necesitar para trabajar, o sea para luchar. Eso es el
futuro”.
La Verónica queda pensando y dice: “Ah, es que con ejemplos sí
entiendo. Pero en la escuela no me dan ejemplos, sólo me dicen que
pasado, presente y futuro, y si no entiendes, anda vete, va en tu cuenta”.
Al día siguiente, la Verónica le dice al formador de educación que lo quite a
la maestra y lo ponga al SubMoy. El formador la mira desconcertado.
La Verónica completa: “es como lo del Común, si no pones ejemplo no te van a
entender”.
(Continuará…)
Desde
las montañas del Sureste Mexicano.
El Capitán.
Todavía mayo del 2026.
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Imágenes:
Tercios Compas Zapatistas
Música: “Coincidir” de Raúl Rodríguez con letra de Alberto Escobar, interpreta
Mexicanto; “Venideros” de Fernando Delgadillo, interpretan Fernando Delgadillo
y Mexicanto; “Por algo estamos” de Alejandro Filio, interpreta el autor.

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