Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco
II.- No van a poder
Para el profesor Enrique Ávila
Carrillo y el magisterio que enseña y aprende… luchando
La anécdota me la contó el Subcomandante Insurgente Moisés hace unos días: unos
hijos de ex rancheros invadieron tierra recuperada. Alegando que en el
pasado esa tierra era de sus padres, se metieron y empezaron a construir sus
casas. Llegó un grupo de compas a explicarles que no podían hacer eso,
que esa tierra era del Común, o sea que no era propiedad de nadie, ni del
Estado, ni propiedad privada, ni ejidal. Al ver llegar a los compañeros,
los invasores pensaron que los iban a correr, así que empezaron a decir que el
ejército, la policía, los jueces, que tenían un pariente licenciado, que Trump,
que Sheinbaum, que no los iban a sacar, que sólo muertos saldrían de ahí.
Los compas sonrieron, escucharon pacientemente y, ya que los aspirantes a finqueritos terminaron
con sus amenazas, les dijeron “bueno, hermanos, pues ya escuché tu palabra,
ahora escucha la palabra que te traemos”. Y empezaron a explicarles el
Común y que podían trabajar la tierra, junto con otros hermanos de otros
pueblos y comunidades, pero esa tierra no era propiedad de nadie. Los
padres de los improbables finqueros entienden la lengua, porque se habían
criado en esa zona, así que los compas les explicaron todo en la palabra
originaria, ante la desesperación de los hijos que eran “licenciados” de la
ciudad. En la plática, los padres asentían con la cabeza a los argumentos
de los compañeros. Al terminar, les dijeron a sus hijos: “no es como nos
dijeron allá los de partido Morena, estos hermanos tienen razón en lo que dicen
y no van a corrernos, sino que van a ser nuestros vecinos”. Les dieron a
los hijos la versión en castilla (que siempre será más pobre que en lengua
originaria). Acorralados con razones, los hijos argumentaron: “Pero no
van a poder eso del Común. La gente es egoísta, quiere tener y tener más
y más. La gente no quiere compartir ni ver por los demás. Y peor si
son… son… como son ustedes”. Se esforzaron por no decir “si son
indígenas”, tal vez temiendo que fueran agredidos. Los compas respondieron
con el lapidario “Pues ahí lo vamos a ver en la práctica si se puede o no se
puede”.
Como no había más argumentos, estas personas pasaron al argumento central: “Es
que ustedes son castristas”. “¿Qué cosa es castristas?”, le
preguntaron. Y ellos: “Los castristas son comunistas, o sea que las
mujeres son comunes, son de todos”: Los compas rieron y uno de los
nuestros preguntó “¿Y por qué no los hombres son de todas?” El aspirante
a beneficiario del Sembrando Vida (en realidad no quería hacerse finquero, sino
pedacear la tierra, pedir el apoyo gubernamental y luego vender los pedazos de terreno),
quedó pensando, como valorando las ventajas del cambio de mujeres comunes a
hombres comunes, pero un compa intervino y le preguntó “¿Entonces tu mujer es
de tu propiedad? ¿Ya le informaste que eres su dueño y señor, que tú la
mandas en lo que siente, en lo que piensa, en lo que quiere, en lo que
sueña?” El ciudadano dudó. Tal vez se imaginó la bronca que tendría
con su mujer si se le ocurría siquiera insinuar eso, y que el matrimonio no era
sino un contrato donde él, el marido, tomaba posesión de ella, la marida,
“hasta que la muerte los separe”. Un contrato pues, de compra-venta, así
como se compra ganado o televisiones para ver el mundial de futbol. O
sea, trata de personas, pero con bendición legal.
Los compas le explicaron que el Común se refería sólo a la propiedad de la
tierra, no al trabajo. “Entonces”, dijo el hombre ya a la defensiva, “¿lo
que saque de mi trabajo es mío?”. “Así es”, le respondieron. Él
insistió: “O sea que, si yo siembro, por ejemplo, plátano, en mi tierra, ¿no me
lo van a quitar o a pedirme un porcentaje?”.
“Otra
vez la burra al maíz”, le dicen, “no es TU tierra, es del Común. Y tu
trabajo, el producto de tu trabajo, es tuyo y nadie, al menos, nadie de
zapatista, te lo va a quitar ni a pedir una parte. Así como no son
comunes tus calzones, tu carro, tu ropa, tu casa, tu sitio, tu cepillo de
dientes, tus cosas pues. Pero la tierra es Común, y se trabaja por
turnos. Trabajas, sacas tu producción, luego entran otros a trabajar esa
tierra, luego otros y así. Sólo así la humanidad va a poder sobrevivir a
la tormenta. ¿O a poco están muy tranquilas las cosas allá en la
ciudad? ¿No batallan con la comida, el transporte, el agua, la violencia,
las desapariciones, la salud, la educación, la ropa, los zapatos? ¿No es
cierto que los gobernantes, sin importar de qué partido sean, son lo mismo que
los criminales?”.
“Eso sí, te decimos que no se pueden consumir, producir, comerciar ni traficar
drogas. Y no se permite los trabajos que lastimen a la Madre Tierra, como
la minería, el fracking, los talamontes,
el acaparamiento del agua. Tampoco el alcoholismo, la prostitución, la
trata de personas, la violencia contra mujeres y crías, el desprecio y olvido
para las personas ya de juicio, la burla y la agresión contra los diferentes, y
todas esas cosas con nombres raros que sólo sirven para engañar a la gente que
el mal que se va a hacer es por su bien”
“Pero la tierra es para producir”, alegó él. Uno de los compas,
recordando las largas discusiones, debates y peleas en las asambleas
zapatistas, intervino y dijo: “Sí, pero una cosa es producir para el mercado y
otra producir para la vida. La tierra del Común es para la vida, no para
tener ganancias”.
“Entonces”, preguntaron, “si la tierra no es de nadie, ¿ustedes qué son?”
“Guardianes”, respondimos. Otro compa agregó “y Guardianas”. Uno
más: “Y Guardianoas”.
Se despidieron. Dijeron que ya entendieron, pero que iban a consultar con
la Biblia de su religión para ver si eso del Común no iba en contra de la
palabra de Dios.
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Este argumento de “no van a poder”, sustentado en lo irremediable del
individualismo, el egoísmo y la avaricia, no es sólo argumento del
capitalismo. Está también en quienes se dicen de izquierda y esperan, con
paciencia, que fracasemos. No sólo por el individualismo, ni sólo porque
lo del Común no vino de sus grandes cabezas con notas de pie de página, también
porque no se siguen los “santos” preceptos de la izquierda ortodoxa de que
primero la publicación y la propaganda para concientizar y convocar, luego el
partido, luego la toma del Poder, luego el Estado como propietario
representativo y regulador. Y luego, muchos siglos después, Dios no lo
quiera y estén vivos, el Común.
-*-
Pero, puesto que salió lo del “castrismo” y puesto que el pueblo de Cuba sufre
un bloqueo (ya sin el eufemismo de “embargo”) y una nueva amenaza de
intervención militar, ahora, hoy, entonces vayan algunas palabras sobre ese
pueblo al que respetamos y admiramos.
Creemos que su resistencia y rebeldía son evidentes. No sólo ha mantenido
un proyecto social en medio de todas las amenazas posibles, frente a todas las
agresiones imaginables e inimaginables, padeciendo campañas mundiales de
calumnias y mentiras; también las “sensatas” reflexiones de quienes no son “ni
chicha ni limoná”, que pretenden no ser de aquí ni de allá y, que lo más
“amable” que dicen es “fue bello al principio, pero ya con el tiempo se
convirtió en una dictadura”. Eso que no es sino otra forma de decir:
“antes fue moda apoyar a Cuba, ahora la moda es atacarla”.
En fin, no es la primera vez, ni será la última, en que se decrete la muerte
(al menos mediática) de lo que el mismo pueblo llama “la revolución
cubana”. En las últimas décadas… ok, bueno, desde aquel enero del 59, se
dice, se repite, se recita, se eructa: “Cuba no va a sobrevivir… si no se
traiciona a sí misma”. Bueno, no con esas palabras.
Y no se trata sólo de olvidar Girón y a Fidel Castro manoteando con su equipo
porque no le querían permitir ir al frente de batalla (en aquellos tiempos en
que los comandantes marchaban al frente de sus tropas). Tampoco los
esfuerzos inútiles de la inefable Agencia Central de Inteligencia, la CIA
gringa, para acabar con la dirección. Baste recordar la desesperación de
un congresista norteamericano de aquellos tiempos, al hacer comparecer a los
responsables de “resolver el problema cubano”: el agente explicaba, con lujo de
detalles, el plan para envenenar a Fidel Castro… para que se le cayera la
mítica barba. El congresista, con los ojos y la voz exaltados, demandaba:
“¿De manera que gastamos tantos millones para quitarle la barba a Castro, para
rasurarlo? ¿No era más sencillo darle un tiro?”
Y los aviones derribados, los atentados terroristas, los sabotajes, el
“embargo”, los eructos mediáticos de los especialistas en todo y conocedores de
nada.
Y alguien se puede preguntar: si lograron todo lo que han logrado con todo eso
en contra, ¿cuánto no hubieran podido hacer si los hubieran dejado en paz?
Se trata, sobre todo, de olvidar lo fundamental: sea cierto, o no, que han
tenido, tienen y tendrán errores, pero son SUS errores, SUS aciertos, SU
historia, SU presente y SU futuro. Y eso es difícil de entender desde los
escritorios de la academia, la teoría estéril (sin práctica, pues), y el
comentario banal e inútil que ni siquiera consigue los likes de
rigor.
Pero deje usted de lado las tendencias en redes y en los medios de
comunicación. ¿Por qué no han podido doblegarlos? ¿Por qué sería
necesaria una intervención militar gringa si, con apoyos como los que ha tenido
la oposición cubana, hubieran ya conseguido la “liberación”? Oiga usted,
como que algo ahí no se explica. Como que algo hay en ese pueblo que no
se entiende y no tiene que ver con el individualismo, el egoísmo, la avaricia y
demás. Tal vez, no sé, puede ser, es un supositorio, pero se me ocurre que es
una cuestión de lengua: puede ser que en el alfabeto cubano no existan las
letras para componer la palabra “rendirse”.
Y también viene Cuba a colación porque, hasta donde recuerdo, el Movimiento 26
de Julio no siguió los manuales de la ortodoxia comunista de entonces, que
había arrinconado el quehacer de la izquierda latinoamericana a los dictados
del entonces “campo socialista”. En pocas palabras: hicieron su propia
historia. No para los libros, los análisis, las reflexiones sin práctica
consecuente, sino para la vida.
Cuba, tan cerca de los Estados Unidos y tan lejos de la comprensión,
pervivirá. Porque hay quien espera que la isla se convierta en un Mariel
de punta a punta, pero hay quien sabe que será un Playa Girón lo que el sol
contemple al salir… el día después.
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Estas reflexiones se me ocurren ahora que he estado presente en algunas de las
reuniones de los “Interzonas” (lo pongo entre comillas porque en cualquier
momento cambiará su nombre), en asambleas de autoridades autónomas y
responsables, de teatristas, coordinaciones de arte y cultura, de Como Mujeres
que Somos, de jóvenas y jóvenes, de hombres y mujeres
“de juicio” (ya mayores pues), donde discuten y debaten algo nuevo. Sí,
nuevo – nuevo.
Creo que alguna vez he dicho que los zapatistas no buscamos cómo ser felices,
sino cómo ser infelices. Como es nuestro modo el imponernos nuevos retos,
trabajos, cambios inesperados la víspera, la crítica despiadada en lo interno,
los desvelos, los dolores de panza (con o sin tamale crudo),
las preocupaciones, las largas discusiones, las caídas y las levantadas.
Y entonces entiendo que el problema, nuestro problema, es que tratamos de vivir
lo que soñamos. Y así nos va.
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Los sueños siguen siendo sueños hasta que son sembrados en la realidad.
Seguirá entonces un largo y accidentado camino, repleto de tropezones,
sinsabores, más bajadas que subidas. Y, claro, la presencia infaltable de
quienes opinen que así no, que no todavía, que no se va a poder, que es
imposible. El progresismo de nómina siempre ha exigido obediencia y
subordinación en su diario claudicar.
Decía el finado que todo es imposible la víspera. Lo dijo pensando en el
31 de diciembre de 1993, y lo repitió y repite cada que una nueva idea, una
nueva iniciativa, interna o externa, se escucha en lenguas originarias de raíz
maya y en castilla… en las montañas del sureste mexicano.
Porque siempre habrá alguien, abajo y a la izquierda, que tome ese sueño en las
manos, prepare el terreno y el tiempo, el calendario y la geografía pues, y,
sin ceremonias rituales, declaraciones ostentosas ni promesas vanas, empiece a
trabajar para ese sueño.
Entonces, y sólo entonces, los sueños dejan de serlo y se convierten en… una
posibilidad.
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¿O sea que vienen más cambios? Sí, me temo, y celebro, que sí (suspiro).
(Continuará…)
Desde
las montañas del Sureste Mexicano.
El
Capitán.
México, mayo del 2026.


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