martes, 2 de junio de 2026

Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco. VI.- Sufrimos como mujeres… hombres… mujeres… hombres… que somos (oh pues). (7 imágenes dispersas)

Un Tractor en Común y el Caso del Perico Loco

Sufrimos como mujeres… hombresmujeres… hombres… que somos (oh pues).
(7 imágenes dispersas)

La parte privada.

  Hay curso de plantas medicinales.  La mayoría del alumnado son mujeres, aunque no faltan hombres (pocos).  En el descanso, como son mayoría, las mujeres son las que marcan el tema de la conversación, y su enfoque.  Ahora están checando “las noticias” que les mandan de sus pueblos.  En Los Altos de Chiapas, una mujer indígena, hermana partidista, fue tomada presa por haber matado a su marido.  “Va a salir”, dice una compañera, “porque fue en defensa propia”.  Como hay de diferentes lenguas, es la castilla el idioma puente entre ellas.  “Sí”, dice otra, “la apoyaron los colectivos de mujeres ciudadanas”.  Una más detalla lo ocurrido: “a ella la maltrataba un su marido, bien que la golpeaba y la insultaba, de una vez que no se puede creer.  Y la mujer aguantaba, no decía nada.  Un día lo sigue a su marido a dónde es que se va, y lo descubre que tiene otra mujer y que con ella se emborracha.  La hermana partidista se decide de dejarlo ya de una vez.  El maldito marido regresa a la casa todo bolo, que con trabajos se puede estar de pie.  La quiere golpear, pero la hermana se defiende y le corta su “yat” de una vez, y pues muere desangrado.”

  El ambiente es festivo, como de “como mujeres que somos”; no hay lástima o pena por el muerto.  La compañera ha usado su lengua madre para referirse al lugar donde fue herido.  Todas ríen cómplices.  Un varón joven, de otra lengua de raíz maya, pregunta qué quiere decir eso de “yat”.  Todas se ruborizan y sonríen.  Una de ellas: “así se dice en mi lengua la parte privada de los hombres.  Su “ése-cómo-se-llama”, que dice el Capitán”.  “Su pene, pues, con sus testículos, o sea que de una vez le cortó todo”, concreta la mayor, quien sostiene que hay que usar nombres científicos.  El joven, pálido, pregunta: “¿Cómo se llama el pueblo?, para no buscar mi mujer ahí”.  Otra compañera dice, agarrando su celular, “ahorita le voy a llamar a mi marido, viera que no me contesta, ya sabe lo que le puede pasar”.  Ríen.

  De regreso al cuartel (el joven es insurgente), comenta con la insurgenta que le acompaña: “Urrr, esa compañera acaso tiene pena.  Claro lo dijo de esa parte que le cortaron al pobre hombre”.  La insurgenta se embravece: “¿Por qué “pobre”? si bien que lo pegaba a su mujer y una vez casi la mata.  Yo digo que hasta se tardó”.

  Al otro día, siempre en lengua, las demás mujeres le llaman la atención a la compañera que usó el nombre de “la parte privada” de los hombres.  Le dicen que no diga así delante de hombres.  Empiezan a discutir: si es que se tienen que apartar para hablar como mujeres que somos, si se tienen que esconder.  Al final concluyen que sí se hable con libertad, haya o no haya hombres presentes.  “Más mejor con hombres”, dice una, “así van aprendiendo”.  “O al menos se andan con tiento en sus pendejadas”, apuntala otra.

  El tema de ese día fue “Plantas medicinales para el cólico menstrual”.  El joven varón tomó apunte detallado de toda la clase.

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La leña.

  Uno de los varones se queja, delante de puros hombres, de que su mujer le pide “leña maciza”.  “Me embravecí”, dice, “ya le dije que eso es lo que hay y que se aguante”.  “¿Qué leña pues es que llevas?”, le preguntan.  Hay una serie de traducciones hasta en 5 lenguas mayas antes de llegar a la castilla: es la que llaman “corcho” o “madera balsa”.

  Otro de los varones interviene: “Pues, sin agraviar compa, pero estás bien pendejo y la compañera tiene razón.  Porque esa madera suelta mucho humo y la pobre mujer no tarda en enfermarse de los pulmones, además de que no podrá ni ver por la humareda.  Si tiene un su pichito, pues peor también para el pichito.  No seas huevos de oro y búscalo la leña que te dice.  Va en su bien de ella, y en bien tuyo porque no van a gastar en medicina luego.  Y en bien de todos nosotros porque así no tenemos que escuchar tus pendejadas.  Sin agraviar, compa”.

  Un silencio sepulcral da por terminada la reunión de “como machitos que somos”.  El SubMoy los llama para ver lo de la medición de los sitios.

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El Baile.

  Una jóvena se lastima la mano con el machete, cuando estaba rozando.  No quiere decir nada porque le da pena que sepan que ella misma se hirió.  Se amarra su paliacate para detener el sangrado, pero su compañera de “línea” (se han colocado “en línea desplegada” para rozar un tupidero de monte) se da cuenta y avisa a la Comité que es su guardiana.  Rápido consiguen carro para llevar a la compañera al servicio de sanidad del puy cercano.  Llega: signos vitales, la recuestan, la monitorean.  El promotor de salud batalla para desanudar el paliacate.   “¿Pues cómo lo amarraste, compañera?, está bien trincado”.  Está por acudir a las tijeras, cuando la promotora de salud interviene y ¡zas!, en un movimiento lo desata.  Luego la limpieza, desinfectar, algo de anestésico local, y a remendar.  “Le pusimos 4 puntos.  Va a estar bien, sólo que no use esa mano unos días”, sentencia el promotor.  “¿Pero puedo bailar?”, pregunta la paciente.  El promotor no dice nada, sólo mueve la cabeza y pone cara de “de una vez no se puede creer”.  La promotora de salud le pregunta a la paciente: “¿Cuándo va a haber baile?” y empiezan las dos a cuchichear en lengua.  Sólo se entiende “promotor”, “miliciano”, “insurgente”.  El promotor de salud guarda los equipos.

  Le mostraron el video al Capitán.  Sólo comentó “pues le hicieron unas puntadas modelo Frankenstein – Bad Ass, pero va a tener una cicatriz para presumir… y amenazar”.  Luego le dijo a la compañera herida: “Tú di que peleaste con un cabrón que te quería agarrar a la fuerza, sacaron los machetes y se armó el combate.  Tú saliste con esa herida en la mano, pero el machito ya no es machito y no va a tener crías nunca más”.  Queda pensando el Capitán, valorando el impacto de la historia, y luego añade “pero no le digas a todos, porque si le dices al muchacho que te gusta pues, ¿cómo te diré?, va a correr como nunca en su vida”.

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Las espinas.

  “La miré a la compañera que está cojeando, camina como renca.  Rápido le pregunté y dijo que espina”, informa el Monarca.  El mando: “¿Pero fue a la clínica?”.  “No, que ahí nomás sus otros compañeros le quitaron”.  “Ve y la llevas tú personalmente a la clínica y que la revisen.  Y dile que no ande con chanclas en la rozada”.  Regresa el Monarca a informar: “Que sí le habían quitado una espina, pero le dejaron otra, o sea que tenía dos espinas.  Ya le quitaron y le hicieron curación.  Y que llevaba bota de hule, pero esa espina es muy fiera.  De por sí conozco, es así, grande (el Monarca hace la seña de una cuarta, unos 20-25 centímetros de largo), hasta la bota que usamos atraviesa, es como clavo, te sangra, y si se infecta, pues hasta ahí nomás llegaste”.  “¿Y cómo está la compañera?”  “Está un poco triste, que porque no va a poder bailar cumbias”.

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Las Matemáticas y el amor.

  Checan las medidas en el plano.  “Ya hay un buen tanto, limpio, sin raíces, ni espinas, ni avispas.  Creo que ya hay que ver cuántos sitios entran en cada lado, para ir marcando”.  El SubMoy decreta: “pues jálate a los jóvenes de secundaria para que hagan números”.  Llegan los promotores de educación.  Les explican.  Los jóvenes: “pero necesitamos calculadora”.  Los burlan.  “O cuaderno”.  Más burlas.  “En la cabeza”, les dicen, “si no de balde estudiaron”.  Les dan un lapicero.  Van a tratar de hacer los números en la mano, pero las tienen llenas de ampollas.  Las risas se oyen hasta el pueblo vecino.  Una jóvena, sonriendo con coquetería e ignorando a todos los demás, se acerca y le dice a uno de los promotores de educación: “mi celular tiene calculadora”.  “Trae pues”, le dicen los comités.  Va corriendo la jóvena y regresa con el celular.  Todas las manos de los Comités se quedan tendidas en el aire.  Como si no hubiera nadie más, ella le entrega el celular al promotor, que parece semáforo porque todos los colores le iluminan la cara.  La jóvena sólo dice “ahí me lo regresas luego”, y, con un brillo en la mirada, agrega “ahí tengo mis fotos”.  Al pobre promotor de educación los Comités le dijeron de todo, creo hasta lo aconsejaron.  Por supuesto, hizo mal los cálculos.  Ni modos, de por sí sufrimos como hombres que somos.

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El pedazo faltante.

  A pesar del sol fiero e implacable, las tardes y noches se refrescan ahora con la lluvia.  Como si el cielo se hiciera cómplice de la tierra y le diera fuerzas para soportar el calor del día siguiente, aquí… en el trabajadero del común.

  En la explanada donde se amontonan lonas y champas dispersas, se duerme o se desvela, pero no en silencio.  Se escucha música saliendo de varias casitas y lonas habilitadas como techos para algo proteger del sol en el día, y de la lluvia en la noche.  Las guardias se relevan con apenas algunas señas.  Y sonríen al escuchar la “playlist” que choca con la necia persistencia de grillos y, poco a poco, de sapos y ranas a quienes los primeros charcos convocan.

  Bajo techo, los de edad, los de juicio, roncan sin recato alguno.  Los niños se apretujan al cuerpo de las madres y hermanas.  Algún pichito llora apenas unos segundos gracias al consuelo presto de sus mamaces.

  Pero en los techos de las jóvenas y los jóvenes, no hay silencio ni se duerme.  El recuerdo de quien falta es culpable.  Alguien, una luz corpórea – mujer, varón u otroa-, está lejos de aquí.  Ese alguien se ha quedado en algún poblado, en una champa, con un pedazo de quien le recuerda y padece un corazón incompleto, una mirada sin destino, una palabra trunca susurrada.  Cada canción, de amor –o desamor-, que reproducen los celulares y bocinas bluetooth, cada intento, vano, de conciliar el sueño, es un pequeño homenaje a la parte faltante, a su caricia ausente y a la herida que el amor o el desamor festejan.

  Porque hay abrazos que nunca terminan y hay luces que ni de noche se apagan.

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Lo que no se mira.

 Una chamaquita, de unos 12 años, platica con el SubMoy:

  “Tú estás trabajando aquí con nosotros”, le dice.

  “Estoy”, le dice el SubMoy.

  “Yo tenía entendido que los Subs no trabajan”, insiste la niña.

  El SubMoy: “El trabajo no siempre se ve.  Y no es sólo trabajar la tierra. Es más, el trabajo más importante no se nota, no es así como que todos te miran que estás trabajando.  Entonces, si no ves a alguien a tu lado trabajando, no quiere decir que no trabaje o que no haya trabajado.  Sólo que no lo ves, pero ves y sientes su trabajo, aunque no le lleve la cuenta nadie.  ¿Lo conociste al SubPedro?  ¿Verdad que no?  Bueno, si recuperamos la tierra, si estamos aquí, si tú estás aquí, si ahora luchamos por la vida, es porque él lo hizo su trabajo, que es luchar por los pueblos.  Tú trabaja, aunque no te vean.  Lucha, aunque nadie te lleve la cuenta”.

(Continuará…)

Desde las montañas del Sureste Mexicano.



 






El Capitán.
México, mayo-junio del 2026. Imágenes: Terci@s Compas Zapatistas
Música: “Te quiero tanto” de Alejandro Filio

 



 


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