EL ARTE ES UNA MALDICIÓN
24
de febrero del 2026.
Damas,
caballeros y quienes no son los unos ni las otras:
Antes que nada, queremos agradecer a Gabriel Pascal, David Olguín, a Philippe
Amand y a toda la banda que hace posible este evento. A Steph por su
incondicional complicidad.
También agradecemos a Lenin y a Marina, quienes han tenido la bondad de leer
nuestras participaciones.
Quiero aclarar que no fuimos invitados a este homenaje al maestro Luis de
Tavira. Digo esto no como reproche, sino como prueba de descargo para
quienes, en buena oportunidad, organizaron esta reunión. Sirva el
presente texto para que puedan lidiar con reclamos, mentadas de menta y de las
otras, procesos judiciales y lo que se derive del caso, o cosa, según.
Entonces se puede decir que estamos aquí de “colados”. Imagino su
desagrado, pero tomen en cuenta que sería peor si hubiéramos dado “portazo”,
esa sana costumbre ciudadana de meterse sin tener invitación, ni paga para los
boletos.
Celebramos así no sólo que sus cercanos saluden al maestro, también y sobre
todo para manifestar el abrazo de quienes, sus lejanos, lo pensamos.
Y esta celebración, en la que el maestro viene siendo como el pretexto, nos
plantea varias cuestiones. A saber: ¿qué es lo que posibilita que
converjan, en una geografía y un calendario, comunidades tan distintas y
lejanas? Porque eso son quienes aquí se encuentran presentes -algo de lo
mejor de la comunidad artística-. Y, bueno, nuestras palabras son para
hacer presentes a quienes están alejadas: algunas de las comunidades indígenas,
originarias de raíz maya -las zapatistas-.
Una comunidad artística y comunidades indígenas coincidiendo. Diferentes
encontrándose sin dejar de ser lo que son. Y un maestro teatrista, Luis
de Tavira, como convocante involuntario.
A las primeras las convoca el arte dramático. “El reto artístico
supremo”, solía decir el finado SupMarcos -que diosito lo tenga en su santa
gloria y la virgen santísima lo colme de bendiciones-, para diferenciarlo de
las otras artes. Y supongo, sin que me conste, que el difunto se refería
a que la realidad acosa al Teatro (así como a la danza y, en algunos casos, la
música) en un presente vertiginoso. A diferencia del cine, las artes
gráficas, la escultura, la literatura y la arquitectura, por ejemplo, donde el
acto artístico se crea en un espacio diferente a donde se confrontan con las
personas escuchas-videntes y no videntes, el teatro se relaciona con lo otro en
una situación espacio- temporal especial. Lo que hace que la geografía y
el calendario sean creados también como parte de esa creación artística.
Así, cuando se dice “teatro”, se refiere lo mismo a la obra representada y al
espacio donde se confronta a veces.
Estamos así aquí -nosotros los pueblos zapatistas-, bajo protesta de quienes
organizaron este homenaje, en un espacio teatral llamado “El Milagro”, tal vez
porque el ejercicio del arte dramático, al menos en México, es un milagro
logrado pese a todas las dificultades que se topan.
Pero, en los tiempos sombríos de una Inteligencia Artificial que acosa a las
artes, el teatro parece estar a salvo. Al menos por ahora, parece
imposible que un organismo cibernético pueda emular esa confrontación
maravillosa que se da entre los teatristas y el público.
Parece difícil (al menos ahora), que la Inteligencia Artificial pueda
aproximarse siquiera a las distintas caracterizaciones del personaje de Adela,
en La Casa de Bernarda Alba, quien, con el fuego del amor
prohibido, desafía al autoritarismo:
“¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata un bastón a su madre y
lo parte en dos). Esto hago yo con la vara de la dominadora. No
dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Marcos!”
(Ok,
ok, ok, el texto original dice “Pepe”, pero digamos que es una licencia
poética).
Cierto, tienen ustedes razón en que no es inocente que haya yo elegido una obra
de teatro de Federico García Lorca, alguien diferente, distinto, acosado y
asesinado por ser quien era y por la causa que abrazaba. Tampoco es
gratuito que haya escogido un parlamento de una mujer rebelde. Ni puede
ser ocioso que una artista, Marina, lea este texto.
Pero en realidad, lo que me ha movido a esta mención es el amor subversivo que
en esa obra se decanta. Y, claro, el reto escénico que esas breves líneas
plantea a cualquier hombre, mujer u otroa teatristas:
Adela rompiendo el sepulcro blanqueado en el que, junto al resto de sus hijas,
Bernarda Alba las tenía encerradas.
Y todo esto viene al caso, o cosa, según, porque, en el pasado semillero de
diciembre de 2025, Don Luis de Tavira, el maestro, fue el único que entendió lo
que pretendimos al introducir, en los temas, los del amor y el desamor.
Cuando le escribí invitándolo, le dije que lo más probable era que ninguno de
los ponentes tocara esos puntos, además de nosotros, claro. Así que no
tenía por qué preocuparse de eso. Él entendió inmediatamente que eran
precisamente ésos los temas más importantes de ésa y de todas las reflexiones
habidas y por haber. El maestro aceptó el reto (en realidad, el teatro en
sí es un reto). Y su participación, a la lejanía -como estas palabras-,
centró el misterio por develarse: el amor y el desamor.
Brillante, como de por sí, el maestro reveló y rebeló el leit motiv de
la historia humana, de sus éxitos y sus fracasos, de sus ascensos y caídas, de
guerras escondidas detrás de desamores y de amores escondidos detrás de
guerras, de resistencias y rebeldías.
En su participación, el maestro dice que yo dije lo que en realidad él dijo: el
arte es una declaración de amor a la humanidad. Y si él dijo que yo dije
lo que él dijo que dije que él dijo, entonces no se trata de una confusión,
sino de una feliz coincidencia. Una coincidencia entre dos lejanías, como
las que se encuentran hoy aquí, de milagro, en El Milagro.
Debéis ser fuertes: en este amor terrible y maravilloso, en el arte, camináis
al desamor. Porque la humanidad no os corresponderá. Ella es
díscola, rejega, ingrata, pérjida, romántica insoluta -como
bien definió el filósofo mexicano Salvador Flores Rivera-. Y aun así
debéis perseverar. Así es como podréis entender que las artes son una
maldición. Una maldición hermosa, cierto, pero maldición, al fin y al cabo.
Ahora imagino los gestos de Steph, quien es coautora de esta irrupción.
Debo decir, en su descargo, que no ha sido sólo cómplice de éste, y que hay
otros crímenes en el horizonte que esperan la misma dedicación y compromiso de
su parte. Porque el teatro, amigas y enemigas, es eso también, es decir,
complicidad, dedicación y compromiso.
Imagino también la risa contenida de Marina, a quien le hice saber que se
trataría de un texto serio, y que debía leer en el momento, sin conocerlo con
antelación. No sólo, también le dije que el guion exigía que se peinara,
algo que ustedes constatarán o no, depende si se impuso o no su disciplina
artística. Supongo que hará gestos de desagrado y reproche. Un
mohín de incomodidad, o de preludio a un lloriqueo fingido, no vendría mal en
el momento de llegar a estas letras. Gracias Marina, pero creo que
necesitas practicar más, los pucheros, frente al espejo.
Porque eso es también el teatro, un espejo que refleja lo mejor y lo peor de la
humanidad, que interpela a la imaginación del espectador y que lo vuelve
cómplice embozado tras un aplauso o una rechifla o un reclamo iluso de
“¡devuélvanme el costo del boleto, y agreguen el precio del taxi de aplicación,
mi valioso tiempo, y más el IVA!”, por aquello de que el SAT, el Sistema de
Administración Tributaria, se ha convertido en la migra, el ICE, que persigue
artistas como si el arte fuera un negocio y no lo que es en realidad, es decir,
un milagro.
-*-
Pero no se distraigan. Al maestro le ha tocado el papel de pretexto,
papel que él ha asumido, imagino, bajo protesta. Pero el tema central de
este encuentro es el teatro. O, más en general, las artes.
Ya antes, hace un año, hice un símil entre el director de teatro y el mando
militar. No importa cuánto ensayen o practiquen, a la hora de enfrentar
la realidad (la confrontación con el público en el caso del Teatro (también la
Danza y, en algunos casos, la Música), y con el enemigo en el caso del
combatiente), no hay oportunidad de repetir la escena. Tal vez eso
explique la simpatía espontánea que aprecié en el encuentro de Artes de hace un
año, entre ellos dos, cuando el Subcomandante Insurgente Moisés y el maestro
Luis de Tavira compartieron la mesa y la palabra-. Estuvimos con Steph y un
servidor como flancos guardianes, y las participaciones de Iván Prado, los
Zurdos, y, desde otra lejanía, Antonio Ramírez.
Por esto he dicho antes que el arte dramático, como la danza, representa un
reto mayor.
Y más: en el teatro confluyen, en el instante fugaz de la representación,
multitud de factores.
Las partes que el todo reclama para constituirse en arte. La iluminación,
el vestuario, la escenografía, la sonorización, y hasta los anuncios, el
boletaje y el acomodo de los asistentes. Ahora imagino a Gabriel, a
Philipe y a David preguntándose si somos los únicos colados, porque hay
asistentes que, se sospecha, sólo llegaron para ver si había coctel y
ambigú. Y ya comentan, entre dientes, que sólo hay un agua azucarada de
sabor indescifrable, y un triste sándwich que conoció mejores días.
Claro, todas, todos y todoas sonríen y dicen en voz
alta “¡Ah, el teatro!”, mientras se acercan sigilosamente a la salida.
-*-
Ya les advertí, no se distraigan, concéntrense.
Mucho se ha hablado del teatro como diversión, como denuncia, como reflexión y
como recurso didáctico. Así las cosas, un maestro o una maestra de
teatro, en realidad son educadores de educadores. Acá les decimos
“formadores”. Hay formadores de educación -que forman promotores de
educación-, formadores de salud -que preparan a promotores de salud, primeros
auxilios, medicina preventiva, parteras, herbolaria, laboratoristas y, algún
día, formarán carniceros o “mete cuchillo”, que es como llamamos a quienes le
saben a las cirugías-.
En fin, tenemos al teatro como diversión, como denuncia, como imagen de época y
cultura, como reflexión y como pedagogía.
Seguro hay más filos en el erizo del arte dramático, pero yo les voy a señalar
una espina que tal vez ignoran. Esto es, el teatro como amor y desamor.
Y para esto, les traigo un cuento que conté en una reunión donde se encontraban
jóvenes y jóvenas coordinadores de arte y cultura, así
como no pocos teatristas, hombres y mujeres zapatistas.
El cuento se llama…
(continuará)
Desde
las montañas del Sureste Mexicano.
El Capitán.
México, marzo de 2026.


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